Sabiduría ancestral

Viyen me contaba que cuando el ejército argentino quiso tomar aquellas tierras durante la conquista del norte, establecieron allí cuarteles. En pleno impenetrable, colgaban los cuerpos de los indígenas en los árboles como una forma de imponer miedo.
Para llegar al lugar, uno de los caminos implicaba atravesar el predio de una familia guaraní. Al llegar, pedimos permiso a un hombre mayor. A lo lejos, desde una ventana, una anciana nos observaba. Nos hizo señas para que nos acercáramos; para vernos mejor.
Viyen y la mujer hablaron en guaraní. A pesar de que vivía desde hace décadas en El Chaco argentino, no hablaba (o no quería hacerlo) en español. Tenía 99 años.
Me permitió tomarle una foto y luego nos internamos en el monte cubierto con una vegetación densa y espinosa que dificultaba cada paso. Perdí la noción del espacio.
De pronto, la voz de Viyen me ubicó en el lugar: habíamos llegado. Del cuartel solo quedaban ruinas: enormes bloques de piedra de la base, casi absorbidos por la vegetación, como si la naturaleza intentara borrar lentamente esa herida. A los costados, los inmensos árboles seguían de pie. Con la voz sostenida el guía contó que de las ramas estiradas colgaban a sus ancestros y los dejaban ahí.
Al irnos recolectó unos porotos silvestres. Me explicó que sus ancestros nunca pasaban hambre porque vivían en sintonía con los ciclos de la naturaleza. Pero con el tiempo el triunfo el hombre blanco no fue solo territorial, sino también simbólico: eliminar esas formas ancestrales de conocimiento e imponer otras, ligadas al consumo y a los alimentos procesados.
Al pasar nuevamente por la casa, la anciana ya no estaba en la ventana.