Publicado en revista Lateinamerika Nachrichten
Alemania
El rastro de un gaucho

A unos kilómetros de la Ruta 4, por un camino vecinal de tierra que se abre entre los campos, aparece el pueblo Diego Lamas. Volví hasta esa zona después de casi diez años. La estancia quedaba campo adentro, a unos kilómetros del pueblo. Al llegar me recibió el casero, un hombre entrado en años que llevaba poco tiempo trabajando allí.
Le pregunté por Matías.
Se tomó unos segundos antes de responder.
—Sé que hace años trabajó un Matías por acá —dijo finalmente—. Pero yo estoy hace dos… y nunca lo vi.
No supe bien qué decir, más bien un poco decepcionado por no encontrar a un amigo. Me quedé un rato más, mirando el campo abierto alrededor del casco, tratando de reconocer algo de lo que recordaba. Casi nada había cambiado.
Diego Lamas toma su nombre del brigadier general que, a mediados del siglo XIX, cuando el joven Estado uruguayo intentaba afirmarse sobre fronteras tan vastas como porosas, fue nombrado Jefe Militar del Norte y logró frenar el avance del Barón de Yacuí, un poderoso terrateniente brasileño que operaba en la frontera y organizaba las llamadas californias o moringadas: incursiones en las que se robaban miles de cabezas de ganado y se capturaban afrodescendientes para venderlos como esclavos en ciudades como Alegrete, Bagé y Pelotas.
La primera vez que llegué hasta esa zona lo hice en bicicleta. Llevaba tres meses recorriendo el norte del Uruguay, en un viaje a medio camino entre la curiosidad antropológica y la aventura. En cada pueblo pasaba por la comisaría, dejaba mis datos y pedía permiso para acampar. En la campaña —como se le dice en Uruguay a la zona rural— cualquier foráneo es conocido con lujo de detalles incluso antes de pisar el lugar, pero ese gesto funcionaba como una carta de presentación que aseguraba una recepción respetuosa. Sobre todo porque, en las últimas décadas, los andantes (antes trabajadores zafrales que se desplazaban a caballo de una zona a otra, luego cualquiera que vagara por la campaña sin destino fijo) habían dejado de ser bien vistos por los excesos de algunos.
El pueblo era poco más que un puñado de casas, tres calles pavimentadas (restos de un pasado más próspero) y una estación de tren abandonada. A un costado se levantaba un galpón de piedra. En otro tiempo, allí se alojaba el ganado o se acopiaba la lana ovina que llegaba desde la zona de Cuaró. Durante la Primera Guerra Mundial, esa lana impulsó la llegada del ferrocarril hasta ese punto, desde donde partía rumbo al puerto de Montevideo con destino a Gran Bretaña. Los viajes a la capital podían durar dos o tres días. En el último vagón viajaban los troperos, los hombres de campo que guiaban las tropillas hasta los puntos de embarque.
Frente a la estación se conservaba una casa de fachada blanca, con una pequeña ventana en forma de arco y enrejada. En la época de esplendor funcionaba como pulpería y también como casa de pago. Los trabajadores rurales hacían largas filas en la vereda, esperando cobrar sus vales a través de la reja. Vales que, curiosamente, solo podían usarse allí mismo, lo que mantenía atado al trabajador al lugar.
El destacamento policial , una casa pequeña que también hacía de vivienda, estaba cerrado. Me acerqué a la ventana y, a través de unas grietas limpias de polvo en los vidrios, apenas distinguí una mesa y un mueble. Caminé por las únicas tres calles pavimentadas sin cruzarme con nadie.
En uno de los pocos comercios del pueblo, la dueña me observó con una mezcla de curiosidad y cautela cuando le conté la situación. Le pregunté si podía llamar pulpería a su negocio; prefirió que le dijera almacén.
Las pulperías eran comercios rurales donde se vendían productos básicos (caña, café, azúcar, yerba) y que también funcionaban como lugar de encuentro: una especie de cantina donde se tomaba algo fuerte y se jugaba al truco o a la taba.
—El policía se fue del pueblo sin avisar —dijo, soltando una risa entre irónica y resignada—. Igual que el cura.
Señaló con la cabeza hacia la iglesia, del otro lado de la calle. Las puertas permanecían cerradas y los ventanales rotos. Me cobró caro por unas galletas y algo de fiambre. No protesté: en los pueblos rige una ley tácita según la cual, cuando aparece un extranjero, se aprovecha para hacer unos pesos.
Consulté por una estancia cercana. Quiso saber qué buscaba allí. Le respondí que debía visitar a un peón. Se llamaba Matías. Al describirlo, recordó haberlo visto alguna vez comprando víveres cuando trasladaba ganado de una zona a otra, aunque no tenía mayor trato con él.
En cada lugar que pasaba preguntaba por él, y quienes lo conocían repetían lo mismo: hablaba de caballos como si no existiera otra cosa. Camino a Diego Lamas pasé por su pueblo de origen, Baltasar Brum, llamado así por el expresidente que se suicidó en la vía pública en Montevideo tras el golpe de Estado de Gabriel Terra en la década del treinta. En el destacamento policial, uno de los agentes comentó que habían sido compañeros en la escuela.
—Ese está pasado de gaucho —dijo—. Vive en otro mundo… como cien años en el pasado.
Esa noche acampé al costado de un camino vecinal. Antes, había enviado un mensaje avisando que llegaría a la mañana siguiente y ya había hecho contacto con el dueño del establecimiento, que estaba de viaje, para pedirle permiso para quedarme unos días. Antes de cortar, me habló de Matías como de un empleado excepcional: eficiente y dedicado, como hacía años no se veía. Fue él quien me pasó el celular de la estancia. Matías no tenía teléfono propio; no le disgustaba, pero creía que la gente lo usaba para cosas innecesarias.
Al amanecer pedaleé hacia el lugar bajo una tormenta persistente. El barro hacía pesado el avance. Al llegar, dos perros, un ovejero y un cimarrón, salieron a ladrar con fuerza. La estancia, de unas cien hectáreas, era de las pocas que quedaban en la zona; muchos establecimientos se habían volcado al monocultivo de arroz y soja.
A lo lejos apareció una figura que caminaba lento, con una leve renguera. Se quitó el sombrero alado y me saludó con cortesía, arrastrando las palabras. Tenía preparado un puchero y había encendido el calefón temprano.
Diez años después, volvía por el mismo camino, pero en automóvil. Mientras avanzaba, pensaba que hay lugares que no han perdido la batalla contra la modernidad, sino que, simplemente, han quedado al margen de las urgencias del tiempo.
El casero me facilitó el número de la patrona. La llamé y dejé el teléfono en altavoz, apoyado sobre el tablero. Me contó que su padre había muerto de forma fulminante unos meses atrás y que ahora ella estaba al frente. Las cosas no venían bien: para los pequeños productores, el campo se había vuelto cada vez más difícil de sostener.
Antes de cortar, me pasó el contacto de una hermana de Matías. La llamé. Me dijo que él estaba viviendo en la Serra Gaúcha, en Brasil: unos brasileños que habían pasado por Uruguay quedaron impresionados con su trabajo y se lo llevaron para domar caballos en sus establecimientos.
…
Matías era el único hijo varón entre siete hermanas. El padre, de oficio esquilador, viaja desde hace años a Estados Unidos para trabajar en la zafra de la esquila. Del pueblo han salido los mejores esquiladores del país, por lo que muchos van a España o Norteamérica según el período de las zafras y el conocimiento que en particular se tenga del idioma. Matías recibió propuestas para ir, reconoce que lo pensó, por, sobre todo, debido a la diferencia económica que se hace, aunque su vida está en el campo.
El niño creció prácticamente arriba de un caballo. Mientras los otros gurises jugaban al fútbol con pelotas de plástico, o armadas con tela y medias, él aprendía las tareas del campo de la mano de su abuelo, de quien heredó sus dos grandes pasiones: la guasquería, el oficio de trabajar y preparar el cuero, desde su curado hasta la confección de piezas útiles como arreos, cabezales y riendas siguiendo técnicas tradicionales del campo, y la doma, el arte de entrenar y habituar al caballo para que pueda ser montado y dirigido por el ser humano. Desde temprano supo que el campo sería su vida, y sus distracciones eran pocas, apenas algo de televisión: no había internet y la señal llegaba por antena; cada tanto se subía al techo del rancho para acomodarla y lograr que su madre pudiera ver las telenovelas brasileñas. De esos momentos, y de los dibujos que miraba, le quedaron los nombres que más tarde les pondría a los caballos que domaba.
En la adolescencia ya trabajaba con constancia en tareas zafrales. Cuando logró hacerse de sus primeros caballos, se largó a la campaña como andante, cambiando trabajo por comida y un lugar donde pasar la noche. Pero lo que realmente lo empujaba no era eso: era la libertad, respirar el aire abierto, dejar que el mundo se desplegara al ritmo de su galope. En las noches, cuando no caía en alguna estancia, dormía cerca de un arroyo o al reparo de los montes. El silencio, el agua y el rumor de los animales se le fueron quedando adentro, como un fuego manso que nunca terminó de apagarse.
Durante mi estadía en la estancia, la rutina de Matías era inmutable. Era de dormir poco, con suerte dormía unas cuatro horas por día, no le gusta. A eso de las tres de la mañana ya está despierto, toma mate, una infusión típica del Río de la Plata, de origen guaraní, acompañado de unas galletas de grasa y carne que sobra de los días anteriores, una práctica que es conocida como churrasquear. Luego se dirige al galpón se sienta en banquito de madera y teje en cuero. Se ocupa de todo el proceso de la guasquería, desde conseguir la materia prima en las estancias donde trabaja. Hay patrones que se lo descuentan del sueldo y otros que le permiten usar los cueros de animales destinados a la faena. El cuero lo clava en estacas de madera para que se seque al sol; luego de orearlo, le quita los pelos y lo golpea con una maceta para suavizarlo.
Las piezas que realiza suelen ser para uso propio, aunque si un amigo se lo pide, lo hace: una gauchada, así llaman a un favor que no se le puede negar a un compadre. Aún no se anima a dedicarse por completo al oficio ya que antes pretende adquirir más experiencia. “Como el cuero, no hay nada. Yo uso todo de cuero, hecho por mí. Los peones hoy hasta lazo de piola usan. Una vez me quisieron dar uno y dije: la piola es para la mortadela, ¡¿dónde se vio?!”, me dice un día agraviado.
Luego se dedica a las tareas del establecimiento: alimenta y cuida al ganado (ovejas, vacas, caballos y cerdos) y se encarga de moverlos tanto en los corrales como en el campo. Marca, castra o vacuna animales según las indicaciones del patrón o del veterinario, y participa en la esquila y en la clasificación de la lana cuando hay ovinos. Arrear animales de un potrero a otro también forma parte de su rutina. Con los caballos, los cuida y ensilla, los doma o trabaja para distintas tareas, y repara cercas y estructuras relacionadas con su manejo y el del resto del ganado.
Su gran pasión son los equinos y la doma, los ojos le brillan y las palabras toman ritmo en su boca, lleva consigo una libretita donde tiene anotado todos los caballos que domó. Recuerda cada caballo como si fuera un padre que le ha quedado grabado las manías y los aprendizajes de sus hijos. Por las hojas, y con una letra sinuosa y dificultosa, pasan la Barbie, el King Kong, Conan, Rambo, Mickey, entre otros. Tal es su obsesión que dice que los únicos sueños que recuerda son con caballos. Aborrece los nuevos hábitos de la juventud que sustituyen el caballo por la moto para trabajar en el campo “me niego a prender una moto. Siempre soñé con recorrer el país con mis pingos (así los llama).
Una mañana apareció con una yegua herida que había quedado atrapada en un alambrado. Se acercó con calma hasta tranquilizarla y luego la curó. Más tarde fue al pueblo para encontrar a su dueño y regresó después de entregarla.
La ciudad, o los espacios urbanos, le incomodan, se siente mal, hasta el punto de enfermarse, cree que es una cuestión del aire que se respira allí. Tiene una pareja con la cual pasa los fines de semana cada quincena o cuando está sin trabajo, pero nunca puede quedarse por mucho tiempo en ningún lugar, por eso rechaza las ofertas para permanecer en las estancias. Ella vive en otro pueblo a unos 150 kilómetros. En aquellos días cursaba un embarazo, ella ya tenía una hija que Matías había adoptado.
El último día salimos juntos unos kilómetros. Él iba hacia Bella Unión; yo seguiría hacia el norte. El patrón intentó convencerlo de que se quedara, pero no aceptó. Nos despedimos en una bifurcación.
—Que el camino nos vuelva a juntar —dijo.
Sentí que había llegado tarde a una historia. Durante años había recorrido la campaña preguntando por él, reconstruyendo su rastro de boca en boca, y ahora que volvía al lugar donde lo había conocido, ya no estaba. Me fui con un número de teléfono y la sensación de haber perdido algo.
Pasó un tiempo hasta que logré ubicarlo. A través de un pariente conseguí contactarlo. Atendió con la misma voz pausada. Se había ido a Brasil, a Rio Grande do Sul. Trabajaba como encargado en una estancia y competía como jinete. Antes de despedirse me envió un video. Avanzaba por el campo sobre su yegua. A su lado, su hijo montaba otro caballo, vestido de gaucho, firme.
—Yo se lo dije —dijo—. Camina más que yo… y cabalga como un gaucho.














