Carnaval de frontera
Es jueves. Falta un día para el comienzo del carnaval. Estoy en el ómnibus rumbo a Artigas. Ocho horas que atraviesan la tarde en una espera que parece interminable. Hace mucho que no realizo esos viajes, miro a los otros pasajeros combatiendo al tiempo con sus celulares. Me recuerda la niñez cuando no había nada más que hacer que esperar, matar el aburrimiento encontrando alguien al lado para charlar. Tengo mi cámara apagada junto a mí, juego con ella como si fuera un llavero, en realidad me ayuda a pensar.
Me recorren imágenes de mi niñez, de mi adolescencia. Aún recuerdo en la escuela aprendiendo la historia del país, de los héroes salidos de los libros, embelesados y enaltecidos por las victorias pulcras. Sin embargo, en esas páginas no había héroes de mi tierra, aún menos menciones de los procesos fundacionales. No existíamos
Al salir a la calle todo era diferente. Mientras esperaba que el inspector diera la orden para cruzar pasaban los vehículos con chapas del vecino país, en frente el kiosquero me vendía productos norteños, y mientras me comía alguna golosina en el camino a mi casa discutía con algún amiguito sobre los mejores superhéroes de los dibujos. Claro no se llamaban Rogue, Tormenta, Bestia, sino Vampira, Tempestade o Fera. Cuando llegaba a mi casa con los vecinos nos juntábamos para jugar en la calle, nuestros padres y abuelos se sentaban a matear e intercambiar comentarios sobre la última telenovela de la cadena Globo. El acento brasileño estaba arraigado en las calles, en el aire, en todas partes. La Globo o la Bandeirantes (canal rival) nos hacían despertar los domingos ávidos por devorar su programación. Teníamos nuestro héroe, un tal Ayrton Senna, a la Xuxa una especie de semidiosa. Nuestro Olmedo se llamaba Renato Aragao y los carismáticos informativistas se asimilaban a auténticas celebridades. Los canales de aire tomados por la antena eran exclusivos del Brasil, a excepción de la Red (canal de televisión abierta del interior). Nadie miraba la Red ,salvo cuando jugaba Peñarol o Nacional.
Cuando tenía doce años llegó el cable y con ello la invasión argentina, al principio no había canales de aire uruguayos en la grilla. En la adolescencia escuchaba música extranjera, en especial del país vecino; Legião Urbana, Raúl Seixas, Bossa Nova, pagode, estilo sertanejo. Y de música nacional a Marito Silva, ícono de la cumbia del interior. Recuerdo dos bandas nacionales visitar a Artigas, una de ellas fue Buitres. De ahí tomé simpatía por el cantante, Gabriel Peluffo, éramos 10 no más, y tocaban con un entusiasmo llamativo. Al final, Peluffo se quedó charlando con los que estábamos, una y otra vez nos dijo que querían tocar más seguido que siempre quisieron venir a estos lados...
Por esos días me encantaban las campañas políticas, todo aquel alboroto, aquella ilusión de hermandad envuelta en el endiosamiento de unos hombres con sus promesas mesiánicas. En una de ellas vino una reconocida figura que aspiraba a ser presidente. Se armó un escenario en la calle principal. Al arrancar el discurso el sonido falló. El político esperó impaciente y al poco tiempo comenzó a darle un sermón al sonidista, quizás lo hizo por el cansancio, la fatiga de una extenuante campaña electoral como las de antes o simplemente no quería estar allí. Yo estaba detrás del palco y veía todo con nitidez. Lo que me sacudió fue la frase final lapidaria " siempre lo mismo en este lugar"
Me fui a Montevideo y de un día para otro no tenía la "Globo", pero si un mundo enteramente nuevo. En el informativo había un tal Néber Araújo, una Blanca Rodríguez o un Jorge Traverso. Los comentaristas de fútbol no eran exjugadores con una amplia trayectoria. Algunos objetos del consumo diario tenían otro nombre; los de mi edad en su infancia se divertían con una tal Gabriela; los héroes de los dibujos animados tenían extraños nombres y, sobre todo, no tenía más los fandangos(saladitos a base de trigo), ni ticholos y para peor mis chivitos sufrían la inflación de la distancia. Los medios hablaban del Uruguay, aunque el interior del país solo era recordado por sucesos nefastos; la aftosa o crímenes de características siniestras.
Años después mirando una entrevista de un famoso carnavalero lo escuché decir sobre las llamadas, los tambores y el candombe “el que al sentir un tambor no le vibra la sangre no es uruguayo". Para subrayar su idea lo repitió dos veces. Aquello me cayó mal, no quién lo decía, sus palabras eran el resultado de un olvido profundo. Me sentía más uruguayo que cualquiera, pero no me corría por la sangre las llamadas ni el candombe, lo mío era el samba.
Se me ocurrió invitar aquel hombre a Artigas, que recorriera sus calles, sintiera el día a día, contarle de las estadísticas nacionales de pobreza, de que sería más barato trasladarse desde Montevideo a Buenos Aires. Al llegar a la ruta 30 (carretera nacional), le diría que se proteja la cabeza o que no se preocupara por la cantidad de veces que iría a saltar de su asiento. Podía imaginarme mi respuesta ante su incredulidad por el estado de la carretera, le contaría resignado y sarcástico de las promesas renovadas de los políticos cada vez que visitaban esa tierra.
Al llegar le mostraría el carnaval y lo retaría a que preguntara a cada artiguense si no se sentía igual o más uruguayo. Es un carnaval con profundas raíces de la cultura brasileña, es innegable. Pero como toda cultura originada en las fronteras de la mezcla surge algo único, propio.